jueves, 5 de febrero de 2009

1. Primer Encuentro

Capitulo 1

Primer Encuentro


Éste era el momento del día en el que más deseaba ser capaz
de dormir.
El instituto.
¿O sería más apropiado emplear el término «purgatorio»? Si
existía algún modo de purgar mis pecados, esto tenía que
contar de alguna manera. El tedio era a lo que menos me había
conseguido acostumbrar y, aunque parezca imposible, cada
día me resultaba más monótono que el anterior.
Supongo que ésta era mi manera de dormir, si el sueño se
define como un estado inerte entre periodos activos.
Me quedé mirando fijamente las grietas del enlucido de la
esquina más lejana de la cafetería, imaginando dibujos en
ellas. Era una manera de sofocar las voces que parloteaban
dentro de mi mente como el gorgoteo de un río.
Ignoré el centenar de voces por puro aburrimiento. Cuando
a alguien se le ocurre algo, seguro que ya lo he oído con anterioridad
más de una vez. Hoy, todos los pensamientos se concentraban
en el trivial acontecimiento de una nueva incorporación
al pequeño grupo de alumnos. No se necesitaba
mucho para provocar su entusiasmo. Había visto pasar repetido
el nuevo rostro de un pensamiento a otro, desde todos los
ángulos posibles. Sólo era otra chica humana. La excitación
que había causado su aparición resultaba predecible hasta el
aburrimiento, era como mostrar un objeto brillante a un niño.
La mitad del rebaño de ovejunos varones se imaginaba ya
enamorándose de ella, sólo porque era algo nuevo que mirar.
Puse más empeño en no prestar atención.
Sólo hay cuatro voces que bloqueo por una cuestión de cortesía:
las de mi familia, mis dos hermanos y mis dos hermanas,
quienes están tan acostumbrados a la ausencia de intimidad
en mi presencia que rara vez se dan cuenta. A pesar de
ello, les concedo toda la privacidad posible. Procuro no escucharlos
si puedo evitarlo.
Lo intento con todas mis fuerzas, claro, pero aún así... me
entero de cosas.
Rosalie pensaba en ella misma, como de costumbre. Había
captado su reflejo en las gafas de sol de alguien y se regodeaba
en su propia perfección. La mente de Rosalie era un charco
poco profundo de escasas sorpresas.
Emmett estaba que echaba chispas después de haber perdido
un combate de lucha libre con Jasper la noche anterior.
Necesitaría de toda su escasa paciencia para llegar al final de
las clases y organizar la revancha. Nunca he sentido que me
entrometía en sus pensamientos porque nunca ha pensado
nada que no pudiera decir en voz alta o poner en práctica. Sólo
me siento culpable al leer la mente de los demás cuando
me consta que les gustaría que ignorase ciertas cosas. Pero si
la mente de Rosalie es un charco poco profundo, la de Emmett
es un lago sin sombras, tan transparente como el cristal.
Y Jasper estaba... sufriendo. Reprimí un suspiro.
Edward. Alice me llamó por mi nombre, pero sólo sonó en
mi cabeza y le dediqué de inmediato toda la atención.
Era lo mismo que si la hubiera oído lhablarme en voz alta.
Me alegraba que en los últimos tiempos hubiese pasado de
moda el nombre que me habían puesto. Menos mal, ya que
hubiera resultado un fastidio volver la cabeza automáticamente
cada vez que alguien pensara en algún Edward…
En ese momento no me volví. A Alice y a mí se nos daban
muy bien esas conversaciones privadas, y era raro que nos pillaran
durante las mismas. Mantuve la mirada fija en las líneas
que se formaban en el enlucido.
¿Cómo lo lleva?, me preguntó.
Torcí el gesto, pero sólo pareció que había cambiado ligeramente
la posición de la boca, nada que pudiera alertar a los
otros. Era fácil que pensaran que lo hacía por aburrimiento.
El tono de la mente de Alice ahora parecía alarmado y leí que
vigilaba a Jasper con su visión periférica. ¿Hay algún peligro?
Ladeé la cabeza hacia la izquierda muy despacio, como si
contemplara los ladrillos de la pared, suspiré, y luego me volví
hacia la derecha, de nuevo hacia las grietas del techo. Sólo
Alice se dio cuenta de que estaba negando con la cabeza.
Ella se relajó. Avísame si la cosa se pone fea.
Moví sólo los ojos, primero arriba, hacia el techo, y luego
abajo.
Gracias por ayudarme con esto.
Me alegré de no tener que contestarle en voz alta. ¿Qué le
podría haber dicho? ¿«Encantado»? En realidad no era así. No
disfrutaba asistiendo al debate interior de Jasper ¿Era necesario
pasar por todo esto? ¿No era un camino más seguro admitir
simplemente que él nunca sería capaz de controlar su problema
con la sed como los demás, en lugar de tentar continuamente
sus límites? ¿Por qué coquetear con el desastre?
Habían pasado ya dos semanas desde nuestra última expedición
de caza. No era un periodo de tiempo excesivamente insoportable
para el resto de nosotros. Algo incómodo a veces, si
un humano caminaba muy cerca de nosotros o si el viento soplaba
del lado equivocado. Pero los humanos rara vez se aproximan
a nosotros. El instinto les dice lo que sus mentes conscientes
difícilmente comprenderían: que somos peligrosos.
Y en ese preciso momento Jasper lo era en grado sumo.
Una chica bajita se detuvo en un extremo de la mesa más
próxima a la nuestra para hablar con un amigo. Se pasó los dedos
entre el pelo corto, color arena, y sacudió la cabeza. Justo
en ese momento la rejilla del aire acondicionado empujó su
aroma en nuestra dirección. Yo estaba acostumbrado a la forma
en que me hacía sentir el olor: sequedad y dolor en la garganta,
un agujero anhelante en el estómago, un agarrotamiento
instantáneo de los músculos, el flujo excesivo de ponzoña
en la boca…
Todo eso era bastante normal y, por lo general, fácil de ignorar;
pero hoy resultaba más duro al tener los sentidos agudizados
y notarlo todo por duplicado: la sed se multiplicaba
al monitorizar las reacciones de Jasper. Era la sed de dos, no
sólo la mía.
Jasper intentaba mantener la mente lejos de allí. Estaba fantaseando…
Imaginaba que se levantaba del lado de Alice y se
paraba al lado de la chica. Pensaba en inclinarse como si le fuera
a susurrar algo al oído y dejar que sus labios rozaran el arco
de su garganta. Imaginaba también cómo fluía el cálido flujo
de su pulso debajo de la fina piel que sentiría bajo su boca…
Propiné una patada a la silla de Jasper.
Nuestras miradas se encontraron durante un minuto, y luego
él bajó la suya. Pude escuchar cómo se enfrentaban en su
interior la culpa y la rebeldía.
—Lo siento —musitó.
Me encogí de hombros.
—No ibas a hacer nada —murmuró Alice en un intento de
mitigar el disgusto de Jasper—. Lo vi.
Reprimí la mueca que hubiera echado por tierra la mentira
de Alice; ella y yo debíamos apoyarnos el uno al otro. No resultaba
fácil para ninguno de los dos oír voces y tener visiones
del futuro. Éramos bichos raros, incluso entre los que ya lo
eran de por sí. Nos protegíamos los secretos entre nosotros.
—Pensar en ellos como personas ayuda un poco —sugirió
Alice con voz aguda y musical, demasiado baja y rápida para
que la escucharan los oídos humanos—. Se llama Whitney y
tiene una hermanita muy pequeña a la que adora. Su madre
invitó a Esme a aquella fiesta en el jardín, ¿te acuerdas?
—Sé quién es —contestó Jasper secamente.
Se volvió para mirar por una de las pequeñas ventanas situadas
bajo el alero a lo largo del muro que rodeaba la gran habitación.
El tono de su voz puso fin a la conversación.
Deberíamos haber ido de caza el día anterior por la noche.
Era ridículo enfrentar esa clase de riesgos, intentar demostrar
entereza y mejorar la resistencia. Jasper tendría que asumir
sus limitaciones y vivir con ellas. Sus antiguos hábitos no eran
los más apropiados para el estilo de vida que habíamos elegido;
no podría adaptarse a él.
Alice suspiró silenciosamente y se puso de pie, llevándose la
bandeja de comida —un atrezo, en realidad—y dejándole solo.
Sabía hasta dónde llegar con su apoyo y cuándo dejar de
hacerlo. Aunque era más evidente que Rosalie y Emmett
mantenían una relación, Alice y Jasper se conocían tan bien
que sentían los estados de ánimo del otro como si fueran propios.
Parecía que también pudiesen leer las mentes, aunque
sólo fuera entre ellos.
Edward Cullen.
Acto reflejo. Me volví al oír mi nombre, aunque no es que nadie
lo hubiera pronunciado en voz alta, sólo lo había pensado.
Mi mirada se encontró durante una breve fracción de segundo
con la de un par de enormes ojos marrones, de color chocolate,
unos ojos humanos en medio de un rostro pálido, con forma de
corazón. Conocía ese rostro a pesar de no haberlo visto nunca
con mis propios ojos. Era el tema más destacado del día en todas
las mentes: la nueva alumna, Isabella Swan, la hija del jefe de policía
de la ciudad, que había venido a vivir aquí por algún cambio
en su situación familiar. Bella. Hasta ahora había corregido
a todo el mundo que se dirigía a ella por su nombre completo…
Miré a lo lejos, aburrido. Me llevó un segundo darme cuenta
de que ella no había sido la persona que había pensado en
mi nombre.
Por supuesto, Bella ya se ha quedado alucinada con los Cullen,
oí cómo continuaba el primer pensamiento que había oído.
Identifiqué la «voz» como la de Jessica Stanley. Había pasado
ya un tiempo desde que me incordió por última vez con su
charloteo interno. Qué alivio sentí cuando ella superó ese desdichado
encaprichamiento. Había sido casi imposible escapar
de sus constantes y ridículas ensoñaciones. Me dieron ganas en
aquel momento de explicarle con toda exactitud lo que podría
haber ocurrido si mis labios, y los dientes detrás de ellos, se
hubieran encontrado cerca de ella. Esto habría silenciado cualquier
tipo de molestas fantasías con bastante rapidez. Pensar
en su reacción casi consiguió arrancarme una sonrisa.
Le iría bien engordar un poco, continuó Jessica. En realidad, ni
siquiera es guapa. No entiendo por qué Eric la mira tanto... o Mike.
Hizo una mueca mental de dolor al pensar en el último
nombre. El nuevo capricho de Jessica, el súper popular Mike
Newton, no sabía ni que ella existía. Sin embargo, no parecía
tan insensible a la chica nueva. Otra vez la historia del chico
fascinado por un objeto brillante. Aquello dio un giro mezquino
a los pensamientos de Jessica, aunque en apariencia se
mostraba cordial con la recién llegada mientras le explicaba lo
que todos sabían sobre mi familia. La nueva seguramente habría
preguntado por nosotros.
Aunque hoy todo el mundo me mira a mí también, pensó Jessica
muy pagada de sí misma, en un aparte. Ha sido una verdadera
suerte que Bella compartiera dos clases conmigo... Apuesto
a que luego Mike querrá preguntarme qué tal es...
Intenté bloquear el absurdo parloteo antes de que sus superficiales
e insignificantes pensamientos me volvieran loco.
—Jessica Stanley le está sacando a la Swan, la chica nueva,
todos los trapos sucios del clan Cullen —le murmuré a Emmett,
para distraerme, que se rió entre dientes y pensó: Espero
que lo esté haciendo bien.
—En realidad, es bastante poco imaginativa. Sólo le ha dado
un toque escandaloso, nada más. Ni una pizca de terror.
Me siento un poco decepcionado.
¿Y la chica nueva? ¿También se siente ella decepcionada con el
chismorreo?
Presté atención a ver si escuchaba lo que esta chica nueva,
Bella, pensaba de la historia de Jessica. ¿Qué vería cuando se
fijara en la extraña familia con la piel del color de la tiza, de la
que se apartaban todos?
En cierta manera era cuestión de responsabilidad por mi
parte conocer su reacción. Yo actuaba de vigía, a falta de un
nombre mejor, para proteger a la familia. Si alguien empezara
a concebir sospechas, yo los avisaría con tiempo suficiente para
poder quitarnos de en medio con facilidad. Había ocurrido
de vez en cuando que algún humano con una imaginación
despierta nos había identificado con los personajes de un libro
o una película. La mayoría de las veces se convencía de su
error, pero era mejor trasladarse a otro lugar que arriesgarse a
un examen. Rara vez, muy rara vez, alguien adivinaba la verdad
y no le concedíamos la oportunidad de comprobar su hipótesis.
Simplemente desaparecíamos, para convertirnos como
mucho en un recuerdo aterrador…
No escuché nada por más que fijé la atención en el lugar
contiguo al cual continuaba fluyendo de forma compulsiva el
frívolo monólogo interno de Jessica. Era como si allí no se
sentara nadie. ¡Qué curioso!, ¿se habría ido la chica? No parecía
probable, ya que Jessica seguía dándole la brasa. Miré hacia
allí para comprobarlo, sintiéndomeconfuso. Comprobar
con la vista lo que mi sentido extrasensorial me decía era algo
que nunca antes había tenido que hacer.
Mi mirada se trabó de nuevo en esos grandes ojos marrones.
Ella se sentaba en el mismo lugar que antes, y nos miraba, algo
natural, supuse, mientras Jessica continuaba regalándole
los oídos con los chismorreos locales sobre los Cullen.
Pensar sobre nosotros, sin duda, era algo natural.
Pero no oía ni un susurro siquiera.
Mientras bajaba la mirada, un tentador rubor de un rojo cálido
invadió sus mejillas, diferente al de la vergüenza que se
siente cuando te han sorprendido mirando fijamente a un
desconocido. Era estupendo que Jasper aún estuviera mirando
por la ventana. No quería imaginarme lo que ese natural
flujo de sangre supondría para su autocontrol.
Las emociones se mostraban tan transparentes en su cara
que parecía llevarlas escritas en la frente: sorpresa —como si
de forma inconsciente hubiera detectado indicios de las sutiles
diferencias entre su naturaleza y la mía—, curiosidad
mientras escuchaba la historia de Jessica, y algo más... ¿fascinación?
No sería ésta la primera vez. Éramos hermosos a los
ojos de los hombres, nuestras presas potenciales. Y al final,
por fin, vergüenza por haberla pillado mirándome.
Aun a pesar de que había mostrado con tal claridad los sentimientos
en sus extraños ojos, extraños por lo profundos, de
color marrón, que de tan oscuros casi parecían opacos, no oía
nada más que silencio en el lugar donde ella se sentaba. Nada
en absoluto.
Me sentí incómodo durante unos momentos. Nunca me
había encontrado con nada similar. ¿Me pasaba algo malo?
Me notaba exactamente igual que siempre. Preocupado, presté
aún más atención.
De pronto, empezaron a gritar en mi cabeza todas las voces
de alrededor que había contenido hasta ese momento.
Me pregunto qué música le gustará... Quizás podría mencionar
ese nuevo CD..., pensaba Mike Newton, dos mesas más
allá, concentrado en Bella Swan.
Eric Yorkie refunfuñaba mentalmente con sus pensamientos
girando también alrededor de la nueva. Hay que ver cómo
la mira. No le basta con tener a más de la mitad de las chicas del
instituto pendientes de él.
Es vergonzoso. Cualquiera pensaría que es famosa o algo por el
estilo... La mira incluso Edward Cullen... Lauren Mallory estaba
tan celosa que, en realidad, su rostro debería haber tenido
el color del jade oscuro. Y Jessica, haciendo ostentación de su
nueva mejor amiga. Qué gracia... La mente de la chica continuó
escupiendo vitriolo.
Apuesto a que todo el mundo le ha preguntado eso. Pero me
gustaría hablar con ella. He de pensar en alguna pregunta más
original... meditaba Ashley Dowling.
Quizás esté en mi clase de Español... pensaba esperanzada June
Richardson.
Esta noche tengo toneladas de trabajo. Trigonometría y los ejercicios
de Lengua. Espero que mamá… Angela Weber, un muchacha
tranquila, cuyos pensamientos eran generalmente
amables, algo poco habitual, era la única en la mesa que no
estaba obsesionada con Bella.
Podía oírlos a todos, oía cada insignificancia que se les ocurriera
conforme pasaba por su mente, pero nada en absoluto
procedente de aquella nueva alumna con esos ojos aparentemente
tan comunicativos.
Eso sí, podía escuchar lo que decía cuando se dirigía a Jessica.
No necesitaba leer la mente para oírlas hablar con voz baja
y clara en el lado opuesto de la gran estancia.
—¿Quién es el chico de pelo cobrizo? —le oí preguntar mirándome
disimuladamente de reojo, sólo para retirar de inmediato
la vista cuando se dio cuenta de que aún seguía con
los ojos fijos en ella.
Todavía tuve tiempo de considerar esperanzado que oír el
sonido de su voz me serviría para captar el tono de sus reflexiones,
perdidos en algún lugar al que yo no podía acceder,
pero enseguida me decepcioné. Lo normal es que los
pensamientos de la gente tengan el mismo tono que sus voces
físicas. Pero esa voz tranquila, tímida, me resultaba poco
familiar, no pertenecía a ninguno de los cientos que rebotaban
por la habitación, estaba seguro. Era completamente
nueva.
¡Ja, buena suerte, idiota!, pensó Jessica antes de contestar la
pregunta de la chica.
—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no
pierdas el tiempo con él. No sale con nadie —levantó la nariz, desdeñosa—. Quizá ninguna de las chicas del instituto le
parece lo bastante guapa.
Volví la cabeza para ocultar la sonrisa. Jessica y sus compañeras
de clase no tenían ni idea de la suerte que tenían al no
interesarme ninguna de ellas en especial.
En ese estado de humor fluctuante, sentí un impulso extraño
que no terminé de entender. Quería hacer algo respecto al
tono mezquino de los pensamientos de Jessica, de los que la
nueva no era consciente… Sentí la extraña urgencia de interponerme
entre ellas para proteger a Bella Swan de los oscuros
manejos de Jessica. Era algo muy raro en mí sentir aquello.
Intenté llegar hasta las motivaciones que alimentaban dicho
impulso y volví a examinar a la chica.
Quizás fuera un instinto protector, el del fuerte sobre el débil,
sepultado en alguna parte desde hacía mucho tiempo. La
muchacha parecía más frágil que sus nuevas compañeras de
clase. Su piel era tan translúcida, que resultaba difícil creer
que le ofreciera mucha protección frente al mundo exterior.
Podía ver el rítmico pulso de su sangre a través de las venas
bajo esa clara y pálida membrana… Sería mejor que no me
concentrara en eso, se me daba muy bien la vida que había escogido,
pero estaba tan sediento como Jasper y no tenía sentido
darle alas a la tentación.
Tenía una arruguita entre las cejas de la que ella no parecía
consciente.
¡Aquello era increíblemente frustrante! Veía claramente el
esfuerzo que le costaba estar allí sentada, intentando conversar
con extraños, siendo el centro de la atención. Podía adivinar
su timidez por la postura de sus hombros, de aspecto frágil,
ligeramente hundidos, como si esperara un desaire de un
momento a otro. Pero sólo podía adivinar, ver o imaginar. No
había más que silencio en esta chica humana tan sumamente
corriente. No podía oír nada. ¿Por qué?
—¿Qué pasa? —murmuró Rosalie, interrumpiendo mi
concentración.
Dejé de mirar a la chica y sentí una especie de alivio. No deseaba
seguir intentándolo sin éxito, me irritaba. Y no quería
desarrollar ningún interés por sus pensamientos ocultos simplemente
porque no podía acceder a ellos. Sin duda, cuando
pudiera descifrarlos, y seguramente encontraría la manera de
hacerlo, serían tan superficiales e insignificantes como los
de cualquier otro humano. No merecían siquiera el esfuerzo
que me costaría llegar hasta ellos.
—¿Así que la chica nueva nos tiene miedo ya? —preguntó
Emmett, esperando aún una respuesta.
Me encogí de hombros. No estaba lo suficientemente interesado
para seguir presionando y obtener más información.
Ni debería interesarme.
Nos levantamos de la mesa y salimos de la cafetería.
Emmett, Rosalie y Jasper simulaban ser estudiantes de
último curso, por lo que se dirigieron hacia sus respectivas
clases. Yo interpretaba un papel más juvenil, de modo que
me encaminé hacia la clase de Biología de primero, preparándome
mentalmente para soportar el tedio. Era dudoso
que el señor Banner, un hombre de intelecto medio, se las
ingeniara para insertar en su explicación algo que pudiera
sorprender a alguien que tenía dos licenciaturas en Medicina.
En la clase, me instalé en mi silla y dejé que los libros, puro
atrezo, puesto que no contenían nada que no supiera ya, se
desparramaran por la mesa. Era el único alumno que no compartía
pupitre. Los humanos no eran lo bastante listos para
saber por qué me temían, pero su instinto de supervivencia
resultaba suficiente para mantenerlos alejados de mí.
El aula se fue llenando despacio conforme los chicos iban
regresando del almuerzo en un lento goteo. Me repantigué en
la silla y dejé transcurrir el tiempo. De nuevo, deseé ser capaz
de dormir.
Su nombre volvió a llamarme la atención, quizás porque estaba
pensando en ella cuando Angela Weber la acompañó
hasta la clase.
Bella parece tan tímida como yo. Apuesto lo que sea a que este
día le está resultando realmente difícil. Ojalá supiera qué decirle,
pero seguramente sonaría estúpido…
¡Bien!, pensó Mike Newton mientras se revolvía en su asiento
para ver entrar a las chicas.
Pero seguía sin leer pensamiento alguno desde la posición
ocupada por Bella Swan. El espacio vacío donde deberían estar
sus pensamientos me irritaba y desconcertaba.
Bella se acercó a la mesa del profesor avanzando por el
pasillo lateral que había a mi lado. Pobre chica, el único
pupitre libre era el contiguo al mío. Automáticamente limpié
su lado del pupitre, empujando mis libros hasta formar
una pila. Dudaba que se sintiera muy cómoda en ese asiento.
Comenzaba lo que para ella prometía ser un semestre
muy largo, al menos en esta clase. Sin embargo, quizás podría
sacar a la superficie sus secretos al sentarme a su lado;
no es que hubiera necesitado antes de proximidad para
conseguirlo… y tampoco es que hubiera nada que mereciera
la pena escuchar…
Bella Swan caminó hasta interponerse en el flujo de aire
caliente que soplaba en mi dirección desde la rejilla de ventilación.
Su olor me impactó como la bola de una grúa de demolición,
como un ariete. No existe imagen lo bastante violenta
para expresar la fuerza de lo que me sucedió en ese momento.
En aquel instante, no hubo nada que me asemejara a la persona
que fui antaño, no quedó ni un jirón de los harapos de humanidad
con los que me las arreglaba para encubrir mi naturaleza.
Yo era un depredador; ella, mi presa. No existía en el mundo
otra verdad que no fuera ésta.
Para mí ya no había una habitación llena de testigos, porque
en mi fuero interno los acababa de convertir a todos ellos
en daños colaterales. El misterio de sus pensamientos quedó
olvidado. Los pensamientos de Bella no me importaban nada
porque no iba a poder pensar por mucho más tiempo.
Yo era un vampiro y ella tenía la sangre más dulce que había
olido en ochenta años.
No concebía la existencia de un aroma como ése. Habría
empezado a buscarlo desde mucho tiempo antes si hubiera
sabido que existía. Hubiera peinado el planeta para encontrarlo.
Podía imaginar el sabor…
La sed ardía en mi garganta como si fuera fuego. Sentía la
boca achicharrada y deshidratada y el flujo fresco de ponzoña
no hizo nada por hacer desaparecer esa sensación. Mi estómago
se retorció de hambre, un eco de la sed. Se me contrajeron
los músculos, preparados para saltar.
No había pasado ni un segundo. Ella todavía no había terminado
de dar el paso que la había puesto en la dirección del
aire que fluía hacia mí.
Conforme su pie tocó el suelo, sus ojos se posaron en mí en
un movimiento que ella pretendía que fuera sigiloso. Su mirada
se encontró con la mía y me vi perfectamente reflejado en
el amplio espejo de sus ojos.
La sorpresa que me produjo ver mi cara proyectada en sus
pupilas le salvó la vida en aquellos momentos tan difíciles.
Pero no me lo puso fácil. Cuando ella fue consciente de la
expresión de mi rostro, la sangre inundó nuevamente sus mejillas,
volviendo su piel del color más delicioso que había visto
en mi vida. Su olor era como una bruma en mi cerebro a través
de la cual apenas podía razonar. Mis pensamientos bramaron
incoherentes, fuera de todo control.
Ella caminaba ahora más despacio, como si comprendiera
la necesidad de huir. Los nervios la hicieron comportarse de
modo torpe, por lo que tropezó y se tambaleó hacia delante,
casi cayendo sobre la chica sentada delante de mí. Parecía
débil, vulnerable, incluso más de lo que es habitual en un
humano.
Intenté concentrarme en el rostro que había visto en sus
ojos, un rostro que reconocí con asco. Era la cara del monstruo
que había en mí, el que había combatido y derrotado a
lo largo de décadas de esfuerzo y de disciplina inflexible. ¡Con
qué rapidez emergía ahora a la superficie!
El olor se arremolinó nuevamente a mi alrededor, dispersando
mis pensamientos y casi impulsándome fuera del asiento.
No. Mi mano se aferró a la parte central del borde de la mesa
para intentar sujetarme a la silla. Pero la madera no estaba
por la labor y mi mano atravesó el armazón y arrancó un puñado
de astillas. La forma de mis dedos quedó grabada en la
madera.
Destruye la evidencia, ésta era una regla fundamental. Rápidamente
pulvericé los bordes que tenían la forma de mis dedos,
dejando sólo un agujero desigual y una pila de virutas en
el suelo, que dispersé con el pie.
Destruye la evidencia. Daño colateral…
Sabía lo que iba a suceder ahora. La chica debería venir a
sentarse a mi lado y yo tendría que matarla.
Los testigos inocentes de la clase, otros dieciocho jóvenes y
un hombre, no podrían abandonar la habitación una vez que
hubieran asistido a lo que iba a ocurrir en breve.
Me acobardé ante la idea de lo que se avecinaba. Incluso en
mis peores momentos, jamás había cometido una atrocidad
como ésta. Nunca había matado a inocentes, al menos no en
las últimas ocho décadas. Y ahora planeaba masacrar a veinte
de una vez.
El rostro del monstruo en mi mente se burló de mí.
Aun cuando una parte de mí intentaba apartarse de aquella
idea horripilante, la otra parte planeaba la forma de perpetrarla.
En el caso de que matara a la chica primero, sólo dispondría
de quince o veinte segundos antes de que reaccionaran los
humanos del aula. Tal vez algo más si no se daban cuenta de
lo que estaba haciendo desde el principio. Ella no tendría
tiempo de gritar o sentir dolor y yo no la mataría con crueldad.
Esto era todo lo que podía hacer por esta desconocida
con esa sangre tan horriblemente deseable.
Pero habría de impedir que escaparan. No debía preocuparme
por las ventanas, ya que estaban demasiado altas y eran
muy pequeñas para servir a nadie en su huida. Sólo quedaba
la puerta, que los dejaría atrapados en cuanto se bloqueara.
Intentar abatirlos a todos cuando estuvieran dominados por
el pánico y chillando, en pleno caos, seguramente sería más
lento y difícil. No imposible, pero habría mucho ruido y
tiempo de sobra para un montón de gritos. Alguien podría
oírlos… y me vería forzado a matar incluso a más inocentes
en esta hora negra.
El olor me castigó hasta cerrarme la garganta reseca y dolorida.
Además, la sangre de Bella se enfriaría mientras mataba a
los otros.
De modo que sería mejor encargarme primero de los testigos.
Me tracé un esquema mental. Yo estaba en mitad de la
habitación, en la última fila de la parte de atrás. Empezaría
por el lado derecho. Estimé que podría romper aproximadamente
entre cuatro y cinco cuellos por segundo, y sería
menos escandaloso. El lado derecho sería el de los afortunados
porque no me verían llegar. Después daría la vuelta por
la parte frontal e iría de delante hacia atrás por el lado izquierdo;
matarlos a todos me llevaría a los sumo cinco segundos.
Sin embargo sería tiempo suficiente para que Bella viera
con claridad lo que se le venía encima. Suficiente para que tuviera
miedo. Suficiente para que gritara, si el susto no la dejaba
paralizada en su sitio. Sólo un débil grito que no haría venir
a nadie corriendo.
Aspiré una bocanada de aire y el olor se convirtió en un fuego
que corrió por mis largas venas vacías y me abrasó el pecho
hasta consumir cualquier impulso positivo que hubiera sido
capaz de sentir.
En ese preciso momento se estaba dando la vuelta. Estaría
sentada a pocos centímetros de mí dentro de escasos segundos.
El monstruo en mi mente sonrió ante la expectativa.
Alguien sentado cerca de mí, a la izquierda, cerró de golpe
una carpeta. No miré para ver cuál de los malditos humanos
había sido, pero el movimiento envió una bocanada de aire
normal, inodoro, hacia mi rostro.
Durante un escaso segundo, pude pensar con claridad. En
ese precioso segundo, vi dos rostros en mi mente, uno al lado
del otro.
Uno era el mío, o más bien lo había sido: el monstruo de
ojos inyectados en sangre que había matado a tanta gente que
había dejado de contarlos. Asesinatos racionalizados y justificados.
Un asesino de asesinos; el asesino de otros monstruos
menos poderosos. Era consciente de que se trataba de un
complejo de dios, si pudiera llamarlo así, el de alguien que
cree poder decidir quién merece una sentencia de muerte. Era
un compromiso conmigo mismo: me alimentaba de sangre
humana, pero en su definición más amplia, ya que mis víctimas
eran, debido a sus varios y oscuros pasatiempos, escasamente
más humanos que yo.
El otro rostro era el de Carlisle.
No había ninguna semejanza entre ambos rostros. Eran como
la noche y el día.
No existía ningún motivo para buscar semejanzas. Carlisle
no era mi padre en un sentido biológico estricto y no compartíamos
características similares. El parecido en el color de
la piel se debía a lo que éramos; todos los vampiros tienen la
misma tez helada y pálida. El parecido en el color de nuestros
ojos era otra cosa: el reflejo de nuestra mutua elección.
Y aun así, aunque no había base para establecer semejanzas,
me imaginaba que mi rostro había comenzado a reflejar el suyo
hasta cierto punto, en los malditos últimos setenta años durante
los cuales yo había abrazado su camino y seguido sus pasos.
Mis rasgos no habían cambiado, pero a mí me parecía que
algo de su sabiduría había marcado mi expresión y que algo de
su compasión podía encontrarse en la forma de mi boca, así
como trazas de su paciencia eran evidentes en mi ceño.
Todas estas pequeñas mejoras habían desaparecido de la cara
del monstruo. En pocos momentos, no quedaría en mí nada
que reflejara los años que había pasado con mi creador, mi
mentor, mi padre en todos los sentidos que importan. Mis
ojos volverían a brillar rojos como los del diablo; toda la bondad
habría desaparecido para siempre.
Yo veía el rostro de Carlisle en mi mente, y sus ojos amables
no me juzgaban. Sabía que él me perdonaría por el horrible
acto que iba a cometer, porque me amaba, porque pensaba
que era mejor de lo que realmente era. Y seguiría queriéndome,
incluso aunque le demostrara que estaba equivocado.
Bella Swan se sentó en la silla que había a mi lado con movimientos
rígidos y forzados, ¿por el miedo?, y el olor de su
sangre se extendió como una nube inexorable a mi alrededor.
Le demostraría a mi padre que se había equivocado conmigo.
Y la tristeza de este hecho hería casi tanto como el fuego
de mi garganta.
Me aparté de ella con asco, sintiendo repugnancia por el
monstruo que deseaba tomarla.
¿Por qué tenía que haber venido aquí? ¿Por qué tenía que
existir? ¿Por qué tenía ella que destruir la poca paz que me
quedaba en esta existencia mía de redivivo? ¿Por qué había tenido
que nacer esta irritante humana? Acabaría conmigo.
Volví la cara para no verla en cuanto me invadió una repentina
furia, un odio irracional.
¿Quién era esta criatura? ¿Por qué yo, por qué en ese momento?
¿Por qué debía perderlo todo ahora sólo porque a ella
le había dado por escoger esta insólita ciudad para aparecer?
¡¿Por qué había venido hasta aquí?!
¡Yo no quería ser un monstruo! ¡No quería matar en esta
habitación llena de niños inofensivos! ¡No quería perder to-
do lo que había ganado en una vida entera de sacrificio y privaciones!
No podía… Ella no podía hacerme eso.
El olor era el problema, el enorme atractivo de su olor. Si
hubiera alguna manera de resistir… Bastaría que otro chorro
de aire fresco me aclarara la cabeza.
Bella Swan sacudió su cabello largo, espeso, de color caoba,
en mi dirección.
¿Estaba loca? ¡Era como si le diera alas al monstruo! Tanteándole.
Esta vez no había ninguna brisa amable que apartara el olor
lejos de mí. Pronto estaría todo perdido.
No, no hubo ninguna brisa. Pero yo no tenía por qué respirar.
Paré el flujo de aire a través de mis pulmones; el alivio fue
instantáneo, pero incompleto. Todavía tenía el recuerdo del
olor en mi cabeza y el sabor en el fondo de mi lengua. Ni siquiera
podría resistir eso durante mucho tiempo. Pero quizás
fuera capaz de soportarlo una hora. Una hora. Sólo el tiempo
necesario para salir de esa habitación llena de víctimas, víctimas
que quizás no tendrían que serlo. Si era capaz de contenerme
sólo durante una hora.
No respirar era una sensación incómoda. Mi cuerpo no
necesitaba oxígeno, pero iba contra mis instintos. Yo confiaba
más en el olor que en cualquiera de los otros sentidos
en momentos de tensión. Era el que me guiaba durante la
caza y el primero que avisaba en caso de peligro. No solía
encontrarme en situaciones difíciles siendo yo un peligro
en mí mismo, pero el instinto de supervivencia era tan
fuerte en mi naturaleza como en el de un ser humano normal.
Incómodo, pero manejable. Más soportable que olerla a ella
y no poder hundir mis dientes en su fina piel, delicada y
transparente hasta llegar al cálido, húmedo, pulsante…
¡Una hora! ¡Sólo una hora! Debía dejar de pensar en el olor,
en el sabor.
En silencio, la chica mantuvo el pelo entre nosotros, inclinándose
hacia delante hasta que dejó caer la melena sobre la
carpeta. No podía verle la cara, ni podía intentar leer sus
emociones en sus sinceros ojos profundos. ¿Había sido por
eso por lo que ella había extendido su cabellera entre nosotros?
¿Quería esconder esos ojos de mi vista? ¿Sólo por miedo?
¿Por timidez? ¿Para mantener ocultos sus secretos?
Mi irritación anterior por no ser capaz de leerle los pensamientos
era poca cosa en comparación con la necesidad —y
el odio— que me embargaba en ese momento. Porque yo
odiaba a esa frágil adolescente que se sentaba a mi lado, la
odiaba con la misma fuerza con la que me sentía apegado a
mi anterior identidad, al amor por mi familia, a mis sueños
de ser algo mejor que lo que era… Odiarla, odiar el modo en
que ella me hacía sentir, me ayudaba un poco. Sí, y la irritación
que había sentido antes no era importante, pero también
me favorecía. Me ceñí a cualquier emoción que me distrajera
de imaginar su delicioso sabor…
Odio e irritación. Impaciencia. ¿Es que la hora no iba a terminar
nunca?
Y cuando la hora terminara… Entonces ella saldría de esta
habitación, y ¿qué haría yo?
Podría presentarme. Hola, me llamo Edward Cullen. ¿Puedo
acompañarte a tu próxima clase?
Me contestaría afirmativamente aunque, como yo sospechaba,
me temiera, porque era la respuesta educada y apropiada. Bella seguiría la costumbre y caminaría a mi lado. Resultaría
bastante fácil llevarla en la dirección equivocada. Un
espolón del bosque sobresalía como un dedo hasta tocar la
parte posterior del aparcamiento. Podría decirle que había olvidado
un libro en mi coche…
¿Se daría cuenta alguien de que yo había sido la última persona
con la cual la habían visto? Estaba lloviendo, como siempre.
Dos impermeables oscuros encaminándose en la dirección
equivocada podrían despertar un interés excesivo y delatarme.
Además, no era el único que había reparado en ella aquel
día, aunque ninguno de forma tan devastadora como yo. Mike
Newton, en especial, estaba pendiente de cada cambio de
su postura en la silla mientras ella se movía nerviosamente; estaba
tan incómoda por estar cerca de mí como cualquiera en
su lugar, como yo habría esperado antes de que su olor hubiera
destruido cualquier interés caritativo. Mike Newton seguramente
notaría si ella salía de clase conmigo.
Podría soportarlo una hora, ¿y dos?
Me estremecí a causa del dolor y la quemazón.
Ella volvería a una casa vacía, ya que el jefe de policía Swan
trabajaba a jornada completa. Conocía el edificio, del mismo
modo que conocía cada casa en esta ciudad tan pequeña. La casa
se encontraba aislada en lo alto de la ciudad, junto a un espeso
bosque, sin vecinos cerca. Incluso aunque ella tuviera tiempo
para gritar, que no lo tendría, no habría nadie que la escuchara.
Ésta era la manera más responsable de llevar el asunto. Había
pasado siete décadas sin probar la sangre humana. Si contenía
la respiración, podría aguantar dos horas más. Y cuando
ella estuviera sola, no habría ocasión para que nadie resultara
herido. Y no existe motivo alguno para precipitarse, el monstruo
de mi cabeza me dio la razón.
Era un sofisma pensar que sería menos monstruo por salvar
a los diecinueve humanos del aula con esfuerzo y paciencia y
matar sólo a esa inocente joven.
Aunque la odiaba, sabía que mi odio era injusto. Me di
cuenta de que a quien detestaba realmente era a mí mismo.
Y me odiaría más aún cuando ella hubiera muerto.
Soporté toda la hora así, imaginando las mejores formas de
matarla. Evite visualizar el acto real, ya que esto habría sido
demasiado para mí. Perdería la batalla y terminaría matándolos
a todos. Así que me concentré en el aspecto estratégico del
plan y nada más.
Ella me miró más allá de la muralla de sus cabellos en una
sola ocasión, casi al final de la clase. Sentía arder en mi interior
aquel odio injustificado cuando nuestras miradas se encontraron
y lo vi reflejado en sus ojos asustados. El arrebol
cubrió sus mejillas antes de que pudiera volver a esconderse
en su pelo y yo casi perdí los estribos.
Menos mal que sonó el timbre. Salvado por la campana,
igual que en el dicho. Ambos nos habíamos salvado: ella de la
muerte, y yo, durante un breve tiempo, de convertirme en la
criatura de pesadilla que temía y detestaba.
No pude moverme con la lentitud habitual mientras salía
de la clase. Algún observador ocasional hubiera averiguado
que había algo raro en mi forma de caminar, pero nadie me
prestó atención. Todos los pensamientos humanos seguían girando
en torno a la chica que estaba condenada a morir en
poco menos de una hora.
Me escondí en el coche.
No quería pensar en mí mismo como en alguien que se debía
ocultar. Se parecía demasiado a la cobardía, pero sin duda
ése era el caso ahora.
En aquellos momentos, no tenía la disciplina necesaria para
permanecer rodeado de humanos. Al concentrar todas mis
energías en no matar a uno de ellos, me había quedado sin
fuerzas para resistirme frente a los demás. En caso contrario,
menuda pérdida. Ya que tenía que rendirme al monstruo, al
menos haría que mereciera la pena la derrota.
Puse el CD con la música que por lo general me calmaba,
pero me sirvió de poco. No, lo único que en ese momento
podía ayudarme era el aire frío, húmedo y limpio que soplaba
con la ligera lluvia a través de las ventanas abiertas. Aunque
todavía podía recordar el olor de la sangre de Bella Swan con
perfecta claridad, inhalar el aire era como limpiar el interior
de mi cuerpo de una infección.
Me sentía bien otra vez. Podía pensar de nuevo. Y ahora era
capaz de volver a enfrentarme contra lo que no quería ser.
No tenía por qué ir a su casa, ni tenía por qué matarla. Sin
duda, yo era una criatura pensante, racional y tenía posibilidad
de elegir. Siempre había una oportunidad.
No me había sentido así en la clase, pero ahora estaba lejos
de ella. Quizás, si la evitaba cuidadosamente, con mucho,
mucho tiento, no tendría necesidad de cambiar de vida. Ahora
tenía todo organizado del modo que me gustaba. ¿Por qué
debía permitir que esa deliciosa e irritante personita lo arruinara
todo?
No tenía por qué disgustar a mi padre, ni causar tensión,
preocupación o dolor a mi madre. Sí, aquello también iba a
disgustar a mi madre adoptiva. Y Esme era tan dulce, tan
amable, tan gentil. Provocar dolor a alguien como Esme era
verdaderamente imperdonable.
Qué irónico sonaba mi deseo de proteger a esa joven humana
de la amenaza irrisoria y torpe de los pensamientos despectivos
de Jessica Stanley. Yo era la última persona que podría haberse
erigido nunca como defensor de Isabella Swan. Ella nunca necesitaría
protegerse tanto de nada como de mí mismo.
De pronto, me pregunté dónde estaría Alice. ¿No me había
visto matar a la joven Swan de mil formas diferentes? ¿Por
qué no había venido en mi busca o en mi ayuda, para detenerme
o al menos limpiar las evidencias? ¿Estaba ella tan absorta
vigilando a Jasper de que se metiera en problemas que
no había sido consciente de otras posibilidades mucho peores?
¿Era yo más fuerte de lo que pensaba? ¿Y si realmente no
iba a hacerle nada a la joven? No. Yo sabía que eso no era verdad.
Alice debía de estar muy concentrada en Jasper.
Busqué en la dirección en que sabía que la iba a encontrar,
dentro del pequeño edificio donde se impartían las clases de
inglés. No me llevó mucho localizar su «voz» familiar. Y llevaba
razón. Volcaba todos sus pensamientos en Jasper, vigilando
las mínimas posibilidades minuto a minuto.
Deseaba pedirle consejo, pero, al mismo tiempo, me alegraba
que ella ignorase de lo que yo era capaz y que, en la última
hora, había considerado seriamente la posibilidad de provocar
una masacre.
Un nuevo fuego recorrió mi cuerpo, el de la vergüenza. No
quería que ninguno de ellos lo supiera.
Si lograba evitar a Bella Swan, si me las arreglaba para no
matarla —el monstruo se retorció y le rechinaron los dientes
de frustración sólo de pensarlo—, en tal caso, nadie se enteraría.
Si pudiera alejarme de su aroma…
No había razón alguna para no intentarlo al menos. Elegir
lo correcto. Tratar de ser lo que Carlisle pensaba que era.
La última hora de clase estaba a punto de terminar. Decidí
llevar a la práctica mi nuevo plan de inmediato. Era mejor
que quedarme sentado en el aparcamiento, donde ella podría
pasar cerca de mí y acabar con mi empeño. Volví a sentir un
encono injustificado por la muchacha. Odiaba que, sin saberlo,
tuviera ese poder sobre mí, que ella me pudiera convertir
en algo ultrajante.
Crucé el pequeño campus muy rápido —tal vez demasiado,
pero no había testigos— en dirección a la oficina. No había
razón para que mi camino y el de Bella Swan se cruzaran. Debía
evitarla como a la pequeña peste que era.
La oficina estaba vacía, a excepción de la secretaria, la única
persona a la que quería ver.
No oyó mi sigilosa entrada.
—¿Señora Cope?
La pelirroja de bote alzó la vista y abrió los ojos de forma
desmesurada. Estos correctores de exámenes… siempre los
sorprendía con la guardia baja, jamás se enteraban de nada, sin
importar cuántas veces nos hubieran visto con anterioridad.
—¡Oh! —exclamó entrecortadamente. Estaba un poco agitada.
Estúpida, pensó en su fuero interno, es lo bastante joven
para ser mi hijo, demasiado joven para pensar en él de esa forma…—.
Hola, Edward. ¿En qué te puedo ayudar?
La mujer agitó las pestañas detrás de las gruesas gafas. Estaba
incómoda, pero yo sabía ser encantador cuando me lo proponía.
De hecho, me resulaba muy fácil, conocía de inmediato
qué tono adoptar o qué gesto realizar.
Me incliné hacia delante y sostuve su mirada como si observara
intensamente esos corrientes ojillos castaños suyos. La
mujer era ya un manojo de nervios. Esto iba a resultar sencillo.
—Me preguntaba si me podría ayudar con mi horario de
clases —dije con la voz suave que reservaba para cuando no
deseaba atemorizar a los humanos.
Oí cómo aumentaba el ritmo de los latidos de su corazón.
—Por supuesto, Edward. ¿Cómo puedo ayudarte? —demasiado
joven, demasiado joven, se gritaba a sí misma. Se equivocaba,
por supuesto. Yo tenía más años que su abuelo, aunque,
según mi permiso de conducir, ella tenía razón.
—¿Sería posible cambiar la clase de Biología por otra de
mayor nivel científico? Tal vez Física…
—¿Tienes algún problema con el señor Banner, Edward?
—En absoluto. Lo único que ocurre es que ya he estudiado
ese temario…
—… en esa escuela de enseñanza acelerada a la que asististeis
en Alaska, cierto —frunció los labios mientras lo consideraba.
Todos deberían estar en la universidad. He oído las quejas
de los profesores. Destacan en todo, no vacilan al contestar, jamás
se equivocan en un examen… parece que hubieran encontrado
la forma de engañarnos en cada asignatura. El profesor Varner
estaría dispuesto a creer que nos están haciendo trampas antes
que aceptar que un alumno es más inteligente que él… Apuesto
a que su madre les da clases…—. En realidad, no caben más
alumnos en Física. Al profesor Banner le disgusta tener más
de veinticinco alumnos en una clase.
—Yo no sería ningún problema.
Por supuesto que no. Un perfecto Cullen no lo sería nunca.
—Ya lo sé, Edward, sólo que no hay suficientes pupitres…
—En ese caso, ¿podría no asistir a clase? Emplearía ese
tiempo en estudiar por mi cuenta.
—¿No asistir a clase de Biología? —se quedó boquiabierta.
Es una locura. ¿Tan difícil te resulta aguantar una asignatura
que ya te sabes? Tiene que haber algún problema con el profesor
Banner. Me pregunto si debería hablar con Bob del tema—. No
tendrás suficientes créditos para graduarte.
—Ya recuperaré al año que viene.
—Tal vez deberías comentarlo antes con tus padres.
La puerta se abrió a mis espaldas, pero fuera quien fuera no
me importunó con sus pensamientos, por lo que ignoré esa
entrada y me concentré en la señora Cope. Me incliné un poco
más cerca y le sostuve la mirada con los ojos abiertos. Hubiera
funcionado mejor de haberlos tenido dorados en lugar
de negros. La negrura atemoriza a la gente, como debe ser.
—Por favor, señora Cope —modulé la voz del modo más
suave y persuasivo que pude, y puedo ser considerablemente
persuasivo—. ¿No hay ninguna otra clase donde haya sitio
para mí? Estoy convencido de que debe de haber un resquicio
en algún sitio. Biología como sexta hora de clase no puede ser
la única opción…
Le sonreí a la par que procuraba no mostrar mucho los dientes
para no asustarla y suavizar la expresión del semblante.
Su corazón resonó con más fuerza.
Demasiado joven, se recordó frenéticamente.
—Bueno, tal vez podría hablar con Bob, quiero decir, con
el señor Banner y ver si…
En un segundo cambió todo: la atmósfera de la habitación,
mi misión en la misma, la razón por la que me inclinaba hacia
la mujer pelirroja… Lo que antestenía un propósito concreto,
ahora se había convertido en otro muy distinto.
Un segundo fue todo lo que necesitó Samantha Wells para
abrir la puerta y depositar con retraso la hoja de firmas en la
cesta situada en la entrada. Un segundo fue lo que tardó el
golpe de viento que se coló por la puerta en sacudirme. Un
segundo fue todo lo que necesité para comprender por qué
esa primera persona no me había interrumpido con sus pensamientos
nada más entrar.
Aunque no necesitaba asegurarme, me volví. Lo hice despacio,
pugnando por controlar los músculos que se negaban a
obedecerme.
Bella Swan estaba ahí en frente, de pie, con la espalda apoyada
contra la pared al lado de la puerta, con un papel apretado
entre las manos. Sus ojos se abrieron aún más de lo habitual
cuando asimiló mi mirada feroz, inhumana.
El olor de su sangre saturó cada partícula de aire en la habitación
pequeña y calurosa. Mi garganta estalló en llamas.
El monstruo me observó de nuevo desde el espejo de sus
ojos, una máscara de maldad.
Mi mano vaciló en el aire sobre el mostrador. No tendría siquiera
que mirar hacia atrás para coger la cabeza de la señora
Cope y aplastarla contra la mesa con fuerza suficiente para
matarla. Dos vidas, mejor que veinte. Una ganga.
El monstruo esperaba ávido y hambriento a que lo hiciera.
Pero siempre debe haber una posibilidad de elegir, tenía que
haberla.
Interrumpí el movimiento de mis pulmones y fijé el rostro
de Carlisle delante de mí. Me volví para encarar a la señora
Cope y escuché la sorpresa interna que le había causado el
cambio en mi expresión.
Echando mano del autocontrol que había tenido tiempo de
practicar en décadas de esfuerzo, conseguí que mi voz sonara
aún más monótona y suave. Quedaba suficiente aire en mis
pulmones para hablar una vez más, apresurando las palabras.
—Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas
gracias por su ayuda.
Giré y me lancé fuera de la habitación al tiempo que intentaba
no sentir la calidez de la sangre dentro del cuerpo de Bella
cuando pasé a escasos centímetros de ella.
No paré hasta llegar a mi coche, moviéndome demasiado
rápido todo el camino hasta allí. La mayoría de los humanos
se habían marchado ya, por lo que no hubo muchos testigos.
Oí a un alumno de segundo, Austin Marks, darse cuenta y
luego pensar que era imposible...
De donde habrá salido Edward Cullen, es como si se hubiera
materializado en el aire... Ya me vale, ya estamos con la imaginación
otra vez. Mamá siempre dice...
Los demás estaban allí cuando me deslicé dentro del Volvo.
Intenté controlar la respiración, pero tragaba a grandes bocanadas
el aire fresco, como si estuviera sofocado.
—¿Edward? —me preguntó Alice con voz preocupada.
Sólo sacudí la cabeza en su dirección.
—¿Qué demonios te ha pasado? —inquirió Emmett, distraído
en ese instante por el hecho de que Jasper no estaba
del mejor humor para su revancha.
En vez de contestar, lancé el coche marcha atrás. Debía salir
de allí antes de que Bella Swan me siguiera incluso al aparcamiento.
Mi propio demonio personal, hechizándome... Hice
girar el coche y aceleré. Cogí los setenta antes de llegar a la carretera
y una vez en ella, llegué a los ciento diez antes de doblar
la esquina.
Sin mirar, supe que Emmett, Rosalie, y Jasper se habían
vuelto todos para observar fijamente a Alice, que se encogió
de hombros. No podía ver lo que había pasado, sino lo que
estaba por pasar.
Y luego miró hacia adelante para ocuparse de mí. Ambos
procesamos lo que ella veía en su cabeza y ambos nos sorprendimos
por igual.
—¿Te marchas? —susurró ella.
Los otros se volvieron para observarme a su vez.
—¿Voy a hacerlo? —susurré entre dientes.
Entonces, vio que mi futuro tomaba un giro mucho más oscuro
cuando flaqueaba mi resolución.
—Oh.
Bella Swan estaba muerta. La sangre fresca arrancaba brillos
escarlata a mis ojos. Luego, había una investigación y transcurría
un largo plazo de espera, por precaución, antes de que volviera
a ser seguro que saliéramos, para empezar de nuevo…
—Oh —dijo otra vez.
La imagen de su visión se volvió más detallada. Contemplé
el interior de la casa del Jefe Swan por primera vez, y vi a Bella
en una cocina pequeña de armarios amarillos, dándome la
espalda mientras yo la acechaba desde las sombras… hasta
que el olor me llevara hasta ella…
—¡Detente! —gruñí, incapaz de soportarlo más.
—Lo siento —susurró ella con ojos dilatados.
El monstruo se regocijó.
Y la visión de la mente de Alice volvió a cambiar. Una autopista
vacía, por la noche, flanqueada por árboles cubiertos de
nieve que desfilaban a más de trescientos por hora.
—Te echaré de menos.
Emmett y Rosalie intercambiaron una mirada de aprehensión.
Estábamos a punto de llegar al lugar donde teníamos que
girar para tomar el largo camino que nos llevaba a casa.
—Bajémonos aquí —les instruyó Alice—. Debes decírselo
tú mismo a Carlisle.
Asentí y las ruedas del coche chillaron al frenar bruscamente.
Emmett, Rosalie y Jasper descendieron en silencio. Harían
que Alice se lo explicara todo cuando yo me hubiera marchado.
Ella me tocó el hombro.
—Harás lo correcto —murmuró, pero esta vez no era una
visión, sino una orden—. Charlie Swan no tiene más familia.
Eso le mataría a él también.
—Sí —dije yo, aunque sólo podía estar de acuerdo con Alice
en la última parte de la frase.
Ella se deslizó fuera para reunirse con los otros, con las cejas
fruncidas, llena de ansiedad. Desaparecieron entre los árboles
y estuvieron fuera de mi vista antes de que pudiera dar la
vuelta al coche.
Aceleré de regreso a la ciudad, y supe que las visiones en la
mente de Alice estarían tornando del negro al blanco como si
fueran una luz estroboscópica. Mientras conducía de vuelta a
Forks a ciento cincuenta, no estaba seguro de hacia dónde iba.
¿A despedirme de mi padre o a abrazar al monstruo que moraba
en mi interior? La carretera desaparecía bajo las ruedas.

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